Traducción: Marta Malo de Molina Bodelón
Edición: Marta Malo de Molina Bodelón, Carlos Prieto del Campo y Francisco Sanz Esteban & Universidad Nómada
Prólogo de Montserrat Galcerán Huguet
I. MUJERES, TIEMPO y DINERO
1. Poder femenino y subversión social
1a. Prefacio
1b. Mujeres y subversión social
Intervención. Una huelga general
2. Reproducción y emigración
3. A propósito de las políticas de bienestar...
4. Trayectorias femeninas y políticas de reproducción de la fuerza de trabajo en la década de 1970
5. Políticas laborales y niveles de renta. ¿Y las mujeres?
6. Familia, políticas de bienestar y Estado entre Progresismo y New Deal
Intervención. No «qué elegir», sino «cómo luchar»
7. Womens’ studies y saber de las mujeres
8. ¿De quién es el cuerpo de esta mujer?
9. Autonomía de la mujer y retribución del trabajo de cuidados en los nuevos trances
II. MUJERES, TIERRA y MAR
1. El arcano de la reproducción hoy
2. Capitalismo y reproducción
3. Desarrollo y reproducción
4. El indígena que hay en nosotros, la tierra a la que pertenecemos
Intervención. La guerra contra la subsistencia
Intervención. El ataque a la tierra
5. Rurales y éticos
6. Soberanía alimentaria, campesinos y mujeres
7. Pescadores y mujeres por la soberanía alimentaria
Prefacio [1]
El Movimiento Feminista ha empezado a establecerse en Italia desde hace poco más de un año. Surge de grupos denominados «espontáneos» de mujeres que han pasado en general por la experiencia del movimiento estudiantil, además de por la experiencia extraparlamentaria y de partido, o que están libres de cualquier «militancia política».
Lo que une a todas estas mujeres del mismo modo es que ninguna ha encontrado en ninguno de estos lugares, de las asambleas estudiantiles a las reuniones de grupo extraparlamentario o de partido pasando por las cuatro paredes de la cocina, una posición en la que su lucha o su vida fuesen otra cosa que «lateralidad».
Situación ésta con la que también las obreras, a pesar de estar inscritas, precisamente en tanto que «obreras», en la definición del explotado histórico por excelencia, la «clase obrera», se la tuvieron que ver, con independencia del sujeto que aspirara a organizar la lucha de fábrica.
Hasta ahora, la bibliografía del Movimiento Feminista ha descrito y documentado, con honda perspicacia y mordaz precisión, la degradación de la mujer y la formación de una personalidad inclinada a tornar pacíficamente aceptable esta degradación. Quienes se han preocupado por que la clase y no la casta fuese el elemento fundamental, han utilizado por lo general su «análisis de clase» para socavar la autonomía de las mujeres. «Las mujeres "marxistas" –decía una mujer del movimiento de Nueva Orleans– son hombres bajo piel de mujer».
Y eso parecen cuando hablan, por un lado, de «lucha femenina» y, por otro, de algo mayor, de algo llamado «lucha política». Esta «lucha política» nosotras la interpretamos como lucha de clases. El dilema es:
La confrontación de la experiencia femenina con lo que ha pasado por marxismo nos ha llevado a bosquejar un análisis de la mujer que responde no tanto al problema de cómo se ha degradado a las mujeres sino al de por qué.
La bibliografía del Movimiento Feminista, después de haber detallado cómo se condiciona a las mujeres para su esclavización, ha descrito la familia como ámbito de la sociedad en el que se obliga a los jóvenes a aceptar la disciplina de las relaciones capitalistas que, en los términos marxistas, empieza con la disciplina del trabajo. Algunas mujeres han identificado la familia como centro de consumo y otras incluso han identificado a las amas de casa como reserva oculta de fuerza de trabajo.
Sin embargo, las mujeres «desempleadas» trabajan tras las puertas cerradas del hogar, antes de que se las vuelva a invitar a salir cuando el capital así lo requiere.
Nosotras aceptamos todo esto, pero lo situamos sobre otra base: la familia, en el capitalismo, es un centro de consumo y de reserva de fuerza de trabajo, pero es, ante todo, un centro de producción. Cuando los antedichos «marxistas» decían que la familia capitalista no producía para el capitalismo, no formaba parte de la producción social, negaban con ello el poder social potencial de las mujeres. O, mejor dicho, al presuponer que las mujeres, en el hogar, no podían tener poder social, no podían concebir que las mujeres, en el hogar, produjesen. Si tu producción es vital para el capitalismo, negarse a producir, negarse a trabajar, constituye una palanca fundamental de poder social.
La mercancía que las mujeres producen, a diferencia de las demás mercancías producidas bajo el capitalismo, es el ser humano: el obrero.
Se trata de una extraña mercancía, porque no es una cosa. La capacidad de trabajar reside únicamente en el ser humano, cuya vida el proceso productivo consume. En primer lugar, necesita nueve meses en el vientre materno, hay que alimentarlo, vestirlo, criarlo; luego, cuando trabaja, hay que hacerle la cama, barrerle el suelo y prepararle el almuerzo y la cena tiene que estar lista cuando vuelve a casa, aunque sean las ocho de la mañana y vuelva del turno de noche. Así se produce y reproduce la fuerza de trabajo que se consume diariamente en las fábricas y en las oficinas. Describir esta producción y reproducción es describir el trabajo de la mujer.
El contexto social, por lo tanto, no es un territorio libre supeditado de la fábrica, sino que es, de por sí, integral respecto del modo de producción capitalista y cada vez está más sometido a la disciplina de fábrica, por lo que lo definimos como «fábrica social».
La reclusión de la mujer en el hogar históricamente estuvo y en la actualidad sigue estando más extendida en Italia que en el resto de los países industrializados. Además, esta situación se ha deteriorado a pesar de las medidas legislativas, escasas, dirigidas a «proteger» a las mujeres. El salario, en Italia, ha logrado así regir una tasa excepcionalmente alta de «trabajo del hogar». El capital, en Italia, en mayor medida que en los demás países industrializados, ha «liberado» al hombre de los servicios domésticos para aumentar al máximo su disponibilidad a la explotación fabril.
En la «vía italiana al socialismo» tras la Segunda Guerra Mundial parecía que el poder de la mujer debía derivarse de una alta tasa de ocupación femenina futura, que, a su vez, debía ir acompañada de un ejercicio cada vez más amplio de las libertades democráticas y de la progresiva conquista de la igualdad de hecho por parte de la ciudadana. Pero, entretanto, la masa de «ciudadanas» debía elegir entre la alternativa del trabajo sin horario en el campo y la migración a la ciudad sin la certeza de encontrar un puesto de trabajo.
Resultó luego que el puesto menos inseguro estaba destinado al hombre, mientras que a la mujer le tocaban los sectores más afectados por las coyunturas difíciles, esto es, los sectores atrasados.
Cuando han entrado en las fábricas, las mujeres han sido las últimas en ser contratadas y las primeras en ser despedidas.
La recesión de 1963-1964 y la que hay experimentamos nos han ofrecido útiles lecciones a este respecto, pero la patronal las ha entendido mejor que toda la izquierda: hasta tal punto que los planificadores de nuestro país creen que pueden mantener tranquilamente sin variaciones la baja relación entre empleo femenino y empleo global en los próximos años.
Si las mujeres hubiesen esperado a obtener un puesto de trabajo para empezar a luchar, no se habría puesto fin al trabajo sin horario en la agricultura, ni hubiese habido luchas contra el aumento de los precios, ni ocupaciones de casas.
Y, por otra parte, el escaso poder de las mujeres frente al actual aumento de precios no hace sino revelar la vulnerabilidad general de la clase ante la inflación. Sólo así se explica por qué la clase obrera en Italia se halla inerme en el campo social ante la violencia de la recesión.
En Inglaterra y en Estados Unidos –al igual que, sin duda, en otros países de Occidente– el movimiento de liberación feminista ha tenido que rechazar la reluctancia de la izquierda a considerar cualquier otro ámbito de lucha que no fuese la fábrica de la metrópoli.
En Italia, el movimiento de liberación, mientras forja su propia modalidad autónoma de existencia contra la izquierda y contra el movimiento estudiantil, se bate en un terreno que, aparentemente, éstos plantean: cómo organizar la lucha en el campo social. La propuesta de la izquierda para la lucha en el campo social ha sido simplemente la extensión mecánica y la proyección de la lucha de fábrica: el obrero varón sigue siendo la figura central. El movimiento de liberación feminista considera que el campo social es ante todo el hogar y considera, por lo tanto, que la mujer es la figura central de la subversión social. De este modo, la mujer se presenta como contradicción de su marco político y reabre toda la cuestión de la perspectiva de la lucha política y de la organización revolucionaria.
Esta vez, quien «volvió un poco en sí» es toda la población femenina, no tanto «aturdida por el estruendo de la producción» [2], sino a pesar del estruendo de la ideología de izquierdas en torno a la «producción».
Enero de 1972
[1] Mariarosa Dalla Costa, «Prefazione», en Potere femminile e sovversione sociale. Con «Il posto della donna» di Selma James, Venecia, Marsilio Editori, 1977 (4ª ed. revisada y corregida; ed. or.: 1972), pp. 7-11.
[2] Karl Marx, El Capital, Libro I, Tomo I, Madrid, Akal, 2000, p. 369 [cursiva nuestra]